Somos pasado. Parte I

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Hace mucho tiempo que nos perdimos la pista. Fueron de esos puntos y finales; claros y concisos que no vienen disfrazados de puntos suspensivos o aparte.

No te voy a negar que el proceso de desintoxicación fue duro. Que en los primeros meses, los días eran negros, pero el don de las agujas del reloj que marcan eso que llamamos TIEMPO, ha dejado paso a los grises, para finalmente convertirse en una amplia gama de tonos pastel.

Porque al principio, el sol no quemaba, la lluvia no mojaba y las canciones no sonaban.

Te alegrará saber que, pese a no haber llegado todavía la primavera, y ni mucho menos el verano, tengo un bronceado cojonudo.

Y que ahora, cuando llueve, no espero ver la tormenta desde las ventanas. Salgo a pisar los charcos e inclinó la cabeza hacia el cielo, sustituyendo las lagrimas por esas gotas que llamo vida.

He vuelto a escuchar las canciones en el iphone que tantas veces pasé porque todas me hablaban de ti. Y ahora oigo música en todas partes, desde la risa de un niño en el parque hasta la melodía de los pájaros en los árboles.

Que cuando soplo las velas por mi cumpleaños, ya no estas entre mis deseos.

Me gustaría decirte, que ya soy capaz de volver a la cafetería de la esquina y pedir lo mismo de siempre, sin que el descafeinado me sepa tanto a ti.

Que la serie que dejamos en la segunda temporada ya la he terminado.

Y por último, que ya no viajo en el tiempo hacia el pasado. Tengo bonos del presente, y reservas del futuro.

Que así, sin mas, dejaste de ser poesía para convertirte en utopía.

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Ana y Marcos.

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Ana conoció a Marcos en un garito de Madrid. Él era de familia acomodada, de esas con apellido importante que salen en las crónicas de sociedad. La típica, que cuando traes una chica a casa, te preguntan: “de quien es hija?”. Pues señores, de mi padre y de mi madre.

Marcos vivía solo en un ático en plena Castellana y en su tiempo libre jugaba al padel. Ana en un piso compartido con dos compañeras de facultad y en su tiempo libre trabajaba para poder pagarse los estudios.

Tenían muy poco en común, poco a nada. Pero les unía el sentimiento. Eran dos polos opuestos. Según el dicho, los polos opuestos se atraen, pero nunca leemos la letra pequeña, la que te recuerda que lo que al principio une (las diferencias que gustan por curiosidad a lo desconocido), es lo que final, te acaba separando.

Ana era una chica de ideas claras, pero no podía evitar el escalofrío que le recorría el cuerpo cuando se le pasaba por la mente el momento de conocer a su familia. Pues aunque digan que éste mundo es de todos… en el fondo sabemos que existen los paralelos. Tenía miedo de no encajar pese a ser la pieza perfecta.

A los 5 meses de relación, Marcos le dijo que quería presentársela a sus padres. Triple escalofrío para Ana. Tras mucho pensarlo al final se decidió a dar el paso. Total, era hora de salir de dudas.

En el fondo la tranquilizaba pensar que pese a ser de clase social diferente, la madre de Marcos venia de familia humilde como ella. Conoció a su padre con 18 años cuando se mudó a Madrid para abrirse paso en el mundo de la moda. Se casaron al año y por el camino perdió su vocación.

Creía que la pieza dura de roer era el padre. En las fotos siempre sale serio y con aire de distancia. No quiso darle muchas vueltas al tema, pues aunque siempre te haces una idea preconcebida, los matices nunca alcanzas a imaginarlos. No sabes si te servirán la carne poco hecha, o cual será la música que suene de fondo en el lujoso restaurante.

Llegado el día, Marcos recogió a Ana y de camino al restaurante, mientras él conducía, Ana sacó la barra de labios color rojo y se la puso. Marcos la observó y entonó: “mi madre siempre dice que el color rojo es un error en los banquetes, corres el riesgo de acabar con la pintura en las mejillas”. Era un inocente comentario, pero a Ana le transmitió mala sensación. Ni que comieran como indios… Pensaba Ana en su interior.

Sus padres los esperaban en la barra del recibidor del restaurante. Desde lejos se podía apreciar el collar de brillantes que lucia la madre.

Ella es Ana. Dijo Marcos. La madre dibujó  media sonrisa en su rostro. Parecía sorprendía. Ana es realmente guapa.

Al principio de la cena el ambiente estaba tenso, nadie sabia como romper el hielo. Así que, fue la madre quien comenzó con la tanda de preguntas. A medida que avanzaba la cena Ana se dio cuenta que en su mente todo fue al contrario.

El padre era un hombre amable y con gran sentido del humor. En cambio, la madre según aumentaba los minutos, las preguntas escondían una doble moral. Soltó perlas como: cuando termines la carrera que piensas hacer?. No lo sé señora, de momento solo pienso en terminar. No me gusta hacer planes más allá de la semana. Nunca sabes qué va a pasar. Respondió ella.

Pues con 25 años ya eres mayorcita para pensar en tu futuro no crees, Ana?. Esa pregunta la dejó totalmente descolocada.

Fueron una larga lista de comentarios, todos fuera de lugar y por muy surealista que parezca, estaba sucediendo.

Cuando Ana se pone nerviosa se lleva la mano a sus pendientes y le da por ajustarlos. Marcos conocía perfectamente esa manía de ella y, aun así, permaneció impasible, sin ser capaz de dar una aire nuevo a la conversación o al menos quitarle hierro a la tensión.

Fue justo en ese momento, en ese punto de inflexión, cuando Ana entendió en un minuto, lo que llevaba 5 meses intentando comprender. Siempre tendría que esforzarse 3 veces mas de lo necesario y suficiente si quería encajar en ese mundo que al principio creía de todos y al final resultó ser de unos pocos.

Recordó la frase que su padre siempre le decía, cuando venia cabreado del trabajo. “Tanto tienes, tanto vales”. Trabajaba en la construcción.

Superó con creces la soberbia de la madre y la cobardía de Marcos. Eso último, fue lo que llevó a Ana a concluir que sería la primera, única y última cena.

Con educación y templanza espero a que todo terminara. Hay personas que visten de Chanel sin saber que la falta de educación, denota la falta de clase.

Quizá Ana pensó, que la actitud de la madre se debía al instinto protector de evitar que se acercara a su hijo por su fortuna. Se cree el ladrón que todos son de su condición.

En cualquiera de los casos, Ana lo tenía claro. A mitad de la cena había perdido a Marcos con esa imagen de sumisión hacia la madre.

En realidad fue Marcos quien perdió a Ana.

Porque hay trenes que es mejor dejar pasar. Hacen mas paradas de las que creías y descubres que caminando, hubieras llegado mucho antes.

Una vez fuera del restaurante, Ana decidió que volvía sola a casa y Marcos dijo:

– Ana, por qué te vas?.

– Hay cosas que el dinero no puede comprar, para todo lo demás, MasterCard.

Anoche te soñé.

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Anoche te soñé. Lo extraño es que nuestra historia sucedía al revés.

Durante un par de horas viviste en mi piel y te pusiste en mis zapatos.

Anoche te soñé. Soñé que tú matabas monstruos por mi, y yo en cambio… huía a media noche dejando vacío el lado izquierdo de la cama. Sin preaviso, y sin nota en la mesilla.

Anoche te soñé…

Y por la mañana desperté. Me sentí un poco confusa, pero en cuestión de un minuto esbocé una gran sonrisa. Y sabes por qué? Porque a pesar todo, no cambiaría un ápice de nuestra real y triste historia.

Pues como ves, yo si duermo por las noches. Puedo incluso hasta SOÑAR.

“Esta”

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Si es duro en una relación ser “la otra”, imagínense ser “esta”.

La otra sabe desde el minuto cero, que no es la primera ni la única, aunque sueña serlo. Que su cama es la segunda y que en los eventos familiares y fotos navideñas, nunca aparece. Que su nombre solo figura en los moteles baratos de carretera y en el listin telefónico bajo otro nombre, y si es bajo nombre masculino para no levantar sospechas, mejor (para él).

Pero que me dicen de “esta”?

“Esta” es aquella a la que se refieren diciendo: “hoy he quedado con esta”. No es ni la otra ni la novia. Es la chica a la que están conociendo y bajo la excusa de que aún es pronto para ponerle nombres, te dicen que es mejor no definirlo. Ella es tan tonta que twitea frases como “no sé lo que somos pero me gusta” o “estamos a nada de serlo todo”. Mentira. Mil veces mentira. Si te llaman “esta” por muy jodido que parezca, nunca piensan tomarte en serio. Y créanme que se de lo que hablo, que el mundo esta lleno de vendedores de bellas palabras con alergia al compromiso.

Son capaces de pasear contigo por Gran Vía y decirte bajo el letrero de schweppes que te aman, pero les faltan cojones para contestar a la pregunta: “tú y yo que somos”?.

Vuelven a repetirte que aun es pronto. Que al parecer, después de 500 noches, 300 cenas y 200 te echo de menos, sigue sin ser suficiente.

Se saben tu cuerpo de memoria, tanto… que con los ojos cerrados son capaces de localizar tus lunares, pero la ubicación mas importante, tu corazón, se la pasan por alto.

Al principio es comprensible, pero con el tiempo (tiempo, tiempo, tiempo…)escapa a la razón y se convierte en un despropósito. En un argumento falaz.

Porque lo poco agrada y lo mucho cansa.

Y yo ya me cansé de ser “esta”, de cruzar semáforos en rojo por ti. De hacer puenting sin la cuerda y saltar desde avionetas sin paracaídas. Porque contigo siempre es lo mismo. Hoy muy bien y mañana Dios dirá, porque tu seguirás sin decir nada. Ah si!, volverás a repetir como muchas tantas veces “he quedado con esta”. Pero ya no seré yo, será otra.

Ya no soy un pronombre demostrativo. Me cansé de demostrar que era rica de sentimientos a un pobre de corazón. Fui tu bella distracción y tú… mi triste perdición.

Seamos francos: cuando conocemos a una persona, sabemos si la queremos para una noche, una temporada o toda la vida. Así que llamemos a las cosas por su verdadero nombre.

Porque algún día será tarde. Hoy ya es tarde. Y ayer, pasado.

De qué estamos hechos?

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De que estamos hechos?

Estamos hechos de nuestro primer llanto al nacer con las primeras palmaditas del doctor, que nos impide oir el que de emoción, suena de fondo de mamá.

Estamos hechos de la primera vez que tomamos la leche en vaso y abandonamos el biberón diciendo “ya soy mayor”.

Estamos hechos de nuestro primer álbum de fotografías. Ese en el que salimos con ropa hortera que solo nuestras madres son capaces de elegir y que si las vemos ahora sentimos como mínimo, vergüenza. Aunque hay que reconocer que son entrañables.

Estamos hechos de nuestro primer día de cole. Cuando vuelves a casa contando que has hecho muchos amigos nuevos y que tu asignatura preferida es el recreo.

Estamos hechos de nuestra primera mascota. Esa por la que peleas con tu hermano/a por tener mas tiempo entre tus brazos y hacéis trato para cuidarla a ratos cada uno.

Estamos hechos de nuestro primer festival escolar en el que bailamos o salimos disfrazados, mirando desconcertados a todos lados hasta que finalmente encontramos a mama peleando por un puesto en primera fila.

Estamos hechos de nuestro primer helado. Ese en el que nuestra camisa y nuestras manos, comen mas que nuestra boca.

Estamos hechos de la primera vez que montamos en bici con los ruedines a cada lado. De la primera vez que nos raspamos las rodillas jugando a la pelota y sanamos las heridas con nuestra saliva para poder seguir jugando. De la primera vez que nadamos en la playa o la piscina sin manguitos y flotador.

Estamos hechos de nuestro primer día de instituto. El que imaginas como en las películas americanas. Donde no puede faltar la abeja reina como chica popular y el típico atleta del equipo de fútbol. A las dos horas de clase, te das cuenta que eso solo es ficción y que como mucho, la clase se divide en gamberros y aplicados.

Estamos hechos de nuestro primer beso. Ese que resulta ser asqueroso o por el contrario muy bonito. Antes de que llegue, crees que va a ser el mejor de tu vida sin saber que se perfecciona con el tiempo y que hay bocas que es mejor no besar, pues crean adicción y te hacen volver mas veces de las que deberías.

Estamos hechos de nuestro primer amor. De las primeras mariposas en el estomago que no nos dejan comer ni dormir cada vez que imaginamos su rostro.

Hasta aquí todo muy bonito…

Luego viene la segunda parte. Esa en la que estamos hechos de nuestro primer desamor. De nuestras primeras lagrimas por alguien que no son nuestra familia o amigos, sino por él o ella, factor que antes no existía.
Estamos hechos de la primera vez que nos rompen el corazón en tantos pedazos que podría llamarse “puzzle de 1000 piezas”.

Estamos hechos de la decisión que conlleva elegir trabajar o estudiar… O ambas cosas a la vez.

Estamos hechos de esos amigos que se pierden por el camino y te prometieron ser eternos. Con los que pensaste que de niños tomaríais los batidos al salir de la escuela y de mayor las copas.

Estamos hecho de esa mujer embarazada que le cedes tu asiento en el metro o en el bus. De cada uno de nuestros “gracias”, “por favor” y “lo siento” mas sinceros.

Estamos hechos de nuestro primer sueldo, ese que 5 años antes de ganarlo ya estas pensando en invertirlo en un coche, una moto, un viaje a París… Y cuando por fin tienes el dinero entre tus manos, te da pena gastarlo por lo que te ha costado ganarlo.

En definitiva, somos una suma de momentos, lugares, fotografías, olores, impresiones, sentimientos y personas. Y aunque parezca que muchos no tienen sentido en algunos momentos de nuestras vidas, en realidad están amarrados por un hilo invisible que te conducen justo al punto donde te encuentras hoy.

Así que, sé arquitecto de tu propia vida, diseña tu camino, porque todo lo que hacemos tiene su eco en la eternidad.

El pájaro que no quería volar

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Que hubiera sido de nosotros si…?

Con sinceridad, no lo sé. De lo único que estoy segura es que, noviembre me enseñó que hay pájaros que no quieren volar.

No voy a entretenerme en narrar lo difícil y dura que fue la caída, pues al final es imposible salir ileso de la altura de tu rendición a mi desilusión.

Sí voy a contar de qué estaban hechas nuestras maletas cuando inventamos el destino al que creímos que podíamos volar y nunca llegaremos.

Se me pasó por alto que yo escogí una maleta mas grande que la tuya. En ella decidí guardar el sonido de tu voz de aquella noche, apartados en un lugar de nadie, donde por primera vez,  pronunciaste las palabritas mágicas “te quiero” que ahora tragas una a una.

Decidí guardar preciosos tesoros que tuvieron un valor incalculable y hoy, han sufrido las consecuencias de la depreciación de sentimientos.

Empaqueté nuestro primer beso, totalmente descoordinado por los nervios del momento, que finalmente conseguimos hacer de él la mejor pieza de vals.

Aquella canción que escuche miles de veces antes de conocerte y no causaba ningún efecto en mi, pero desde el día en que me la dedicaste, se convirtió en “nuestra” canción. La misma que al principio me hacia derramar dulces lagrimas de emoción y que si la escucho ahora, pasan a saladas.

También guardé las poesías que me escribías hablando de las maravillas del mundo: para mí, tu sonrisa; para ti, mis ojos. Vuelven a ser tristemente 7 cuando un día fueron 8.

El olor de tu perfume Versace en mis bufandas de invierno. En mis blusitas de verano y en las sabanas de tu cama, de la mía, de la nuestra.

Guardé aquellos helados a deshoras en el sofá de tu casa de la playa, hablando despeinados y descalzos, entre besos y caricias hasta altas horas de la madrugada.

Un ramo de rosas, que si las miras ahora están marchitas, pero en su día fueron rojas, frescas y con un olor a primavera que sabe a 30 de noviembre.

Guardé tu colección de sonrisas reunidas en mas de 100 fotografías.

En un tarrito pequeño guardé encriptada esa magia de la que tantas veces te he hablado con forma de destellos; de aquella luz que nos rodea cuando nos sentimos.

Mientras yo me recreaba echando en el interior de la maleta toda nuestra historia que al final resultó ser un cuento chino… de fondo oí que tu maleta estaba lista. Me acerqué a mirar en su interior y solo encontré dudas, inseguridades y miedos.

El miedo que no teníamos de niños a correr y rasparnos las rodillas; el miedo a caminar sin estar marcado. Lo que todavía no sabes es que, como decía Antonio Machado: “caminante, no hay camino se hace camino al andar”.

En ese preciso momento comprendí que viajábamos a lugares y destinos diferentes.

Mi maleta ya estaba llena, así que decidí que fueras tú quien guardaras todos los besos que nos faltó por darnos. Los te quiero que se quedaron al final de la garganta y que nunca sonaron. Los lugares que soñamos visitar y que ahora me conformo ver en los folletos de publicidad.

Y por último, guardaras el cuadro que quisimos pintar juntos, como si de una obra de arte se tratara: tú y yo con vistas al mar. Con dos vocecitas dulces de fondo que nos llamen “papá y mamá”

Al final, con este giro inesperado y cambio de itinerario, tu maleta pesa más que la mía. Porque llevas el peso de la decisión. De no querer volar.

Ahora escucha bien lo que te digo: si algún día consideras que tu maleta debió parecerse a la mía, vuelve a mirar en ella. Entre tus cosas dejé un mapa marcado a base de  miguitas de pan.

Ten cuidado, que si tardas mucho, puede aparecer otro pajarito que recoja uno a uno los trocitos del camino.