De qué estamos hechos?

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De que estamos hechos?

Estamos hechos de nuestro primer llanto al nacer con las primeras palmaditas del doctor, que nos impide oir el que de emoción, suena de fondo de mamá.

Estamos hechos de la primera vez que tomamos la leche en vaso y abandonamos el biberón diciendo “ya soy mayor”.

Estamos hechos de nuestro primer álbum de fotografías. Ese en el que salimos con ropa hortera que solo nuestras madres son capaces de elegir y que si las vemos ahora sentimos como mínimo, vergüenza. Aunque hay que reconocer que son entrañables.

Estamos hechos de nuestro primer día de cole. Cuando vuelves a casa contando que has hecho muchos amigos nuevos y que tu asignatura preferida es el recreo.

Estamos hechos de nuestra primera mascota. Esa por la que peleas con tu hermano/a por tener mas tiempo entre tus brazos y hacéis trato para cuidarla a ratos cada uno.

Estamos hechos de nuestro primer festival escolar en el que bailamos o salimos disfrazados, mirando desconcertados a todos lados hasta que finalmente encontramos a mama peleando por un puesto en primera fila.

Estamos hechos de nuestro primer helado. Ese en el que nuestra camisa y nuestras manos, comen mas que nuestra boca.

Estamos hechos de la primera vez que montamos en bici con los ruedines a cada lado. De la primera vez que nos raspamos las rodillas jugando a la pelota y sanamos las heridas con nuestra saliva para poder seguir jugando. De la primera vez que nadamos en la playa o la piscina sin manguitos y flotador.

Estamos hechos de nuestro primer día de instituto. El que imaginas como en las películas americanas. Donde no puede faltar la abeja reina como chica popular y el típico atleta del equipo de fútbol. A las dos horas de clase, te das cuenta que eso solo es ficción y que como mucho, la clase se divide en gamberros y aplicados.

Estamos hechos de nuestro primer beso. Ese que resulta ser asqueroso o por el contrario muy bonito. Antes de que llegue, crees que va a ser el mejor de tu vida sin saber que se perfecciona con el tiempo y que hay bocas que es mejor no besar, pues crean adicción y te hacen volver mas veces de las que deberías.

Estamos hechos de nuestro primer amor. De las primeras mariposas en el estomago que no nos dejan comer ni dormir cada vez que imaginamos su rostro.

Hasta aquí todo muy bonito…

Luego viene la segunda parte. Esa en la que estamos hechos de nuestro primer desamor. De nuestras primeras lagrimas por alguien que no son nuestra familia o amigos, sino por él o ella, factor que antes no existía.
Estamos hechos de la primera vez que nos rompen el corazón en tantos pedazos que podría llamarse “puzzle de 1000 piezas”.

Estamos hechos de la decisión que conlleva elegir trabajar o estudiar… O ambas cosas a la vez.

Estamos hechos de esos amigos que se pierden por el camino y te prometieron ser eternos. Con los que pensaste que de niños tomaríais los batidos al salir de la escuela y de mayor las copas.

Estamos hecho de esa mujer embarazada que le cedes tu asiento en el metro o en el bus. De cada uno de nuestros “gracias”, “por favor” y “lo siento” mas sinceros.

Estamos hechos de nuestro primer sueldo, ese que 5 años antes de ganarlo ya estas pensando en invertirlo en un coche, una moto, un viaje a París… Y cuando por fin tienes el dinero entre tus manos, te da pena gastarlo por lo que te ha costado ganarlo.

En definitiva, somos una suma de momentos, lugares, fotografías, olores, impresiones, sentimientos y personas. Y aunque parezca que muchos no tienen sentido en algunos momentos de nuestras vidas, en realidad están amarrados por un hilo invisible que te conducen justo al punto donde te encuentras hoy.

Así que, sé arquitecto de tu propia vida, diseña tu camino, porque todo lo que hacemos tiene su eco en la eternidad.

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El pájaro que no quería volar

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Que hubiera sido de nosotros si…?

Con sinceridad, no lo sé. De lo único que estoy segura es que, noviembre me enseñó que hay pájaros que no quieren volar.

No voy a entretenerme en narrar lo difícil y dura que fue la caída, pues al final es imposible salir ileso de la altura de tu rendición a mi desilusión.

Sí voy a contar de qué estaban hechas nuestras maletas cuando inventamos el destino al que creímos que podíamos volar y nunca llegaremos.

Se me pasó por alto que yo escogí una maleta mas grande que la tuya. En ella decidí guardar el sonido de tu voz de aquella noche, apartados en un lugar de nadie, donde por primera vez,  pronunciaste las palabritas mágicas “te quiero” que ahora tragas una a una.

Decidí guardar preciosos tesoros que tuvieron un valor incalculable y hoy, han sufrido las consecuencias de la depreciación de sentimientos.

Empaqueté nuestro primer beso, totalmente descoordinado por los nervios del momento, que finalmente conseguimos hacer de él la mejor pieza de vals.

Aquella canción que escuche miles de veces antes de conocerte y no causaba ningún efecto en mi, pero desde el día en que me la dedicaste, se convirtió en “nuestra” canción. La misma que al principio me hacia derramar dulces lagrimas de emoción y que si la escucho ahora, pasan a saladas.

También guardé las poesías que me escribías hablando de las maravillas del mundo: para mí, tu sonrisa; para ti, mis ojos. Vuelven a ser tristemente 7 cuando un día fueron 8.

El olor de tu perfume Versace en mis bufandas de invierno. En mis blusitas de verano y en las sabanas de tu cama, de la mía, de la nuestra.

Guardé aquellos helados a deshoras en el sofá de tu casa de la playa, hablando despeinados y descalzos, entre besos y caricias hasta altas horas de la madrugada.

Un ramo de rosas, que si las miras ahora están marchitas, pero en su día fueron rojas, frescas y con un olor a primavera que sabe a 30 de noviembre.

Guardé tu colección de sonrisas reunidas en mas de 100 fotografías.

En un tarrito pequeño guardé encriptada esa magia de la que tantas veces te he hablado con forma de destellos; de aquella luz que nos rodea cuando nos sentimos.

Mientras yo me recreaba echando en el interior de la maleta toda nuestra historia que al final resultó ser un cuento chino… de fondo oí que tu maleta estaba lista. Me acerqué a mirar en su interior y solo encontré dudas, inseguridades y miedos.

El miedo que no teníamos de niños a correr y rasparnos las rodillas; el miedo a caminar sin estar marcado. Lo que todavía no sabes es que, como decía Antonio Machado: “caminante, no hay camino se hace camino al andar”.

En ese preciso momento comprendí que viajábamos a lugares y destinos diferentes.

Mi maleta ya estaba llena, así que decidí que fueras tú quien guardaras todos los besos que nos faltó por darnos. Los te quiero que se quedaron al final de la garganta y que nunca sonaron. Los lugares que soñamos visitar y que ahora me conformo ver en los folletos de publicidad.

Y por último, guardaras el cuadro que quisimos pintar juntos, como si de una obra de arte se tratara: tú y yo con vistas al mar. Con dos vocecitas dulces de fondo que nos llamen “papá y mamá”

Al final, con este giro inesperado y cambio de itinerario, tu maleta pesa más que la mía. Porque llevas el peso de la decisión. De no querer volar.

Ahora escucha bien lo que te digo: si algún día consideras que tu maleta debió parecerse a la mía, vuelve a mirar en ella. Entre tus cosas dejé un mapa marcado a base de  miguitas de pan.

Ten cuidado, que si tardas mucho, puede aparecer otro pajarito que recoja uno a uno los trocitos del camino.

El viajero

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Es curioso, cuanto menos, gracioso, que hables de amor cuando ni siquiera sabes deletrear la palabra. Durante mucho tiempo me prometiste y hablaste de un viaje en común, sin confesar que solo compraste un billete, y manda cojones, que solo fuera de ida.

No te preocupes, suspira aliviado, que eso ya me deja dormir por las noches, porque si tu eres mi compañero de viaje, que se pare el mundo que yo me bajo.

No te miento si te digo que hice las maletas, pero el día de partida me encontré sola en el anden, y no me extraña que a ti no te extrañe, porque eso es a lo que nos acostumbramos, o mejor dicho, te acostumbraste a hacer, minimo, una vez por mes, que luego pasaron a ser semanas, para finalmente convertirse en días.

Todavía me sorprende que siempre consigas pasar el control de adunas, y aunque muchas veces soñé con tu extradición, lo cierto es que ahora pido tu exilio, porque éste ya no es tu lugar, perdiste la nacionalidad en uno de esos viajes, quizá antes de comprar tu primer billete.

Algún día gastarás tu dinero, te hartaras de viajar de cama en cama y de boca en boca “y tiro porque me toca”. De palabras vacías y sentimientos efímeros, porque aunque creas que el alcohol cuanto mas caro y mas alto de grados mejor, al día siguiente la resaca de tu cuerpo es igual de barata que tus palabras.

Perdóname el atrevimiento, si te digo que te cansaras de ser el ultimo superviviente y querrás volver a tu patria. Y yo estaré ahí para recordarte que perdiste la tierra que nunca cultivaste.

Aunque sinceramente, no creo ni que esté para eso, porque ahora viajo sola. Aprendí del mejor maestro.

PD: que digo yo, que si lo llego a saber antes, soy yo la que te paga el primer billete.

Porque llorar es una forma de morir por los ojos

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Releo conversaciones pasadas que no me llevan a ninguna parte. Es irónico que las mismas que un día me hacían temblar el corazón, hoy sólo anudan mi garganta.

Palabras que un día lo fueron todo, hoy me obligan a desecharlas como basura sentimental. Eso si, todas en la sección de reciclaje de vidrio, pues son cristales que cortan, las que más duelen.

Maldito corazón… No pudiste limitarte a latir sólo con la única función de vivir… Tenías que hacerlo lentamente y con sobresaltos cada vez que escucho su nombre o recuerdo sus ojos, desgarrandome lentamente.

Y es que…! Se me va la vida en suspiros si no te veo. Bebo agua salada con forma de lágrima cada noche que no te siento. Porque llorar es una forma de morir por los ojos… Y creo que hoy he acortado más de lo que debería, más de lo que me gustaría, mi vida.

Echo de menos el sentimiento de no echar de menos.. Y espero la calma del momento en que un día eche de mas lo que un día echaba de menos, porque si no te tengo no te quiero.

Supongo que nadie nace preparado para esto. Estudiamos que tenemos un corazón como órgano principal de nuestras vidas pero no los golpes que lleva en el camino. Rotura y puntos de sutura. Estoy segura que el mío debe parecer un mapa.

Cansada de ser tropiezo, caída, alzada y vuelta a empezar. Soy lo suficientemente fuerte para evitar hablarte pero al mismo tiempo lo suficientemente cobarde y débil para olvidarte.

Quizá porque si decido olvidarte te llevas la mejor parte de mi; la ingenua, dulce, cariñosa y aniñada que no puedo, o no quiero dejar ir. Porque tu me hiciste así, porque ya no recuerdo mis despertares sin tus buenos días y mucho menos mis sueños sin que tú seas el protagonista.

Ven y recoge las ruinas que dejaste, esas que están ahí, justo encima de aquello que llamábamos amor y hoy a penas se puede identificar entre tanta ceniza. Un imperio en ruinas del que fuiste emperador.

El marinero que tenía miedo a la mar

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Te he perdido. Si bien es cierto que pude retirarme a tiempo..

Pude retirarme justo en el instante en que tu sonrisa me embrujó con esa magia que hace nacer mariposas en el estómago.

cuando al mirarte a los ojos sólo veía el color miel, antes de poder apreciar los destellos verdes que rodean el iris como si fuera una pintura paisajista, impresionista de Monet. Paisaje que sólo puede apreciar quien tiene el privilegio de posarse frente a él a la distancia de cero centímetros, y yo tenía todas las entradas para verlos.

En realidad sé que pude retirarme; durante e incluso antes de empezar ese viaje en el que conocíamos el nombre del puerto de salida pero no de llegada.

Un viaje sin cuaderno de bitácoras, de tormentas a media noche. Faros sin luces que te indiquen el camino, y de dos corazones que van a la deriva.

Pude retirarme cuando era invicta, jamás vencida, siempre victoriosa.

En cambio, decidí arriesgar por aquello en lo que realmente creía. Luchar. Porque una retirada a tiempo es de cobardes, es otorgar la derrota sin terminar la batalla.

Así, decidí ser naufraga de tu cuerpo,de grabar nuestras vivencias a base de besos en tu piel, que irremediablemente me obligan a convertirlos en recuerdos. Besos que se transforman en heridas, de las que duelen, de las que esperas ver sanar hasta convertirse en cicatrices. Siempre con el miedo que al mirarlas puedan abrirse de nuevo.

Decidí ser derrotada, dejarte saborear la victoria cuyo nombre es “olvido”, porque esa guerra no era mía, sino tuya… Sin darte cuenta que al final brindarás y beberás por lo perdido que un día consideraste ganado. Porque la mayoría de guerras siempre tiene las dos caras de la moneda.

Cara para el vencedor, cruz para el perdedor…
Por suerte o por desgracia, llámalo como quieras, en tu guerra la victoria es complicada, porque eres ganador y perdedor a la vez… Pocas veces las dos caras de la moneda pertenecen por entero a una misma persona. Ganador de tu soledad y espacio y perdedor del nombre que lleven mis besos, caricias y palabras.

Es irónico que llames guerra a tus actos, cuando en realidad son una retirada. Retirada por miedo a perder y que yo gane esa porción de territorio llamado corazón.

Quizá no he sido tu primer viaje, ni el mejor ni el mas largo. Pero sí he sido de verdad, y el tiempo te enseñará que los mejores viajes son aquellos que no se planean, que si no hay faros, te puedes orientar con la luz de las estrellas. Que en una noche fría de tormenta, el calor de dos cuerpos puede crear un refugio acogedor. No importa los días que permanezcas a la deriva si tienes en cuenta que la tierra es redonda y siempre existe un puerto al que llegar.

Que este tipo de viajes imprevisibles, difíciles y casi imposibles, son aquellos de los que todo el mundo habla con la piel erizada; los que te ayudan a recordar que sigues vivo.

Por mi parte, dicen… que a veces, perdiendo se gana.
Todavía no he querido mirar mis cicatrices, quizá por miedo, pues son las únicas que no mienten y me dicen la verdad.